El hombre solitario de Siberia vivía solo en su cabaña. Nunca nadie quiso perturbarle, porque la compañía de otros le hacía sentir incómodo. Sólo aceptaba a su familia y la presencia de algunos cazadores más, aunque acostumbraba a habitar y vivir según sus normas y, a veces, sus ronquidos eran el único ruido que percibía durante meses.
Una vez, la casualidad quiso que una dama ocupase una pequeña parte de su espacio vital. Al principio la toleró, porque no era muy ruidosa y le cogió cariño. Con el tiempo, empezó a relacionarse con normalidad y empezó a sonreír con asiduidad…
Sin embargo, una mañana, el solitario de Siberia invitó a la joven dama a comer en su casa. Pasaron meses sin apenas salir de allí. ¿Qué les había ocurrido? El solitario arrastró a la joven a su mundo de silenciosa soledad. Aunque eran felices, la desconexión con el mundo exterior no tardaría en pasar factura…
La dama acompañó al solitario durante varios años, hasta que éste volvió a hacerse cada vez más arisco. El siberiano rechazaba su compañía y un día se fue a la fría montaña, sin mediar palabra. Tardó semanas en volver.
Al entrar en la cabaña, la dama seguía esperándole, pero él nunca volvió a ser el mismo.
En aquel momento y tras muchos meses de paciencia, la dama comprendió que él no la necesitaba a su lado. Cogió sus cosas, las guardó, miró aquel rostro triste y salvaje y decidió marchar.
No consiguió mirar atrás porque el viento helaba sus lágrimas y le arañaba la cara, pero a cada paso se arrepentía de lo que estaba haciendo.
Nunca pudo volver… porque jamás encontró el camino de vuelta.




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